Mi esposo y yo fuimos secuestrados”: Hondureña
15 ago 2011 Dejar un comentario
Coatzacoalcos, Ver. Quedaron en medio. Kenia Sosa y Wilman Figueroa iban montados sobre el lomo de “La Bestia” con otro amigo. Los dos secuestradores los rodearon a ellos y a punta de pistola llamaron al resto que iba en el vagón.
Fueron sorprendidos de lado y lado. Dos rufianes con brazos de acero treparon con habilidad en “La Bestia”. Parecía que estuvieran entrenados o que el maquinista hubiera disminuido la velocidad del gusano de fierro.
El primero era pesado, tenía la piel serigrafiada con tatuajes y una pistola en la mano que apuntaba a la frente de los sorprendidos. El otro era blanco, pelado a coco, con tatuajes y no paraba de amenazar y hacer preguntas
-¿Tienen familia en Estados Unidos?, preguntaron uno a uno.
-No, dijo Wilman, esposo de Kenia, cuando tenía una pistola en la cabeza y el Jesús en la boca.
-¡Mientes, mientes, todos dicen lo mismo!, le recriminó el bandolero.
La mirada de Kenia estaba en el piso. No quería verlos, “a lo mejor, y a ver si así desaparecían”.
Ese día los migrantes estaban de malas. Amenazados a punta de pistola los hicieron meterse en un vagón, y ahí los tuvieron por dos días y medio, porque –según los secuestradores- más adelante se había descarrilado otro tren.
Aquello era una competencia por permanecer inmóviles. No hablar, no alzar la mirada, no cambiar de posición. Hicieron una sola masa de cuerpos. El uno trataba de mimetizarse con el otro. Cualquier cosa podía ser motivo para ser golpeado o sometido a largos interrogatorio sobre la familia, el dinero, los rescates.
Con monosílabos, entre dientes. Wilman le dijo a Kenia, que se alistara porque frente a los rufianes, así nomás, saltarían del tren en cuanto llegaran a la próxima comunidad.
Primero dieron un brinco largo y después correr, correr, correr. Atrás de ellos, los disparos. Uno, dos, tres, una ráfaga. La libraron. Wilman y Kenia llegaron a la placita pública de la localidad.
“Escapamos. Otros, no. ¿Aquél amigo que conocimos en el trayecto? Ya nunca lo volvimos a ver”, dice Kenia, quien después de dos años de aquel episodio ha decidido hacer su cuarto intento por cruzar México.
Niña migrante, madre migrante
La primera vez que intento cruzar Kenia tenía 14 años y su esposo 16. Ahora, en su cuarto intento, Kenia ya alcanzó los 18 y junto con Wilman, son padres de un niño de dos años y meses, llamado Anthony Michael.
Los tres están refugiados en la Casa del Migrante de Coatzacoalcos con otros 200 indocumentados, que aprovecharon la caravana “Paso a paso por la paz”, para realizar la travesía a Estados Unidos o quizás sólo el norte de México.
Este día, la Casa del Migrante parece un hormiguero. Unos migrantes entran y otros salen. Los acentos dificultan entender lo que hablan pequeños grupos formados en el piso, donde las anécdotas del viaje se van desgajando.
Sentada en una colchoneta, frente a una virgen de Guadalupe, con un letrero de “No más sangre de migrantes”, Kenia asegura que los motivos económicos la hicieron cruzar la frontera sur de México por cuarta ocasión.
“En mi país la pobreza está muy fuerte, pero deberás fuertes. Sólo se ganan 45 pesos al día y si se trabajan 8 horas. Por eso migramos, para ver si logramos mejorar un poco nuestra vida”, dice.
Veracruz es la entidad más peligrosa para los migrantes y ella lo sabe. Aún así, en su cuarto intento decidió traer consigo a su hijo Anthony Michael. Fue la condicionante para seguir a su esposo, “sin el niño no vamos a ningún lado”.
En su arribo a Veracruz con la caravana “Paso a paso por la paz”, mientras ve a su esposo jugar con el niño, Kenia diserta una encrucijada mientras se mira las manos:
“Cómo que ya no quiero seguir a Estados Unidos. No sé bien, pero me gustaría ver si nos podemos quedar en México, quizás en Veracruz, en Aguascalientes o Ciudad Juárez”.
Las voluntarias de la Casa del Migrante reparten dulces y comida, interrumpen la plática. Kenia decide termina la conversación. Y va con su esposo y su hijo para compartir un chocolate, jugar con avioncito de plástico y echar en volado su futuro.