La crónica: Leila Guerriero & Santiago Roncagliolo

Si ella y él caminaran juntos en una avenida, ella vendría de sur a norte y él de norte a sur. Ella llegaría al filo de la calle y respetaría el arroyo vehicular, para demostrar que no cruzar requiere de ingenio; mientras él, se arrojaría a los autos y atravesaría sin titubeos la avenida para demostrar su audacia.
Leila Guerriero, periodista; Santiago Roncagliolo, novelista. Ella cree en la necesidad de consignar fielmente la realidad, y él cree en la posibilidad de exagerar los hechos.
Leila y Santiago se encontraron en Hay Festival de Xalapa y en una tertulia en el Ágora de la Ciudad, disertaron algo “Sobre la Crónica”, y los dos, desde sus posiciones actuales, periodista y novelista, ofrecieron puntos de vista opuestos, pero a la vez complementarios sobre las características y el proceso creativo que lleva implícito este género periodístico.
Para Leila Guerriero la crónica es el reino de la mirada, un texto periodístico que puede utilizar todas las herramientas de la literatura de ficción, con el único límite de no inventar nada, con el fin de respetar el principio de la veracidad periodística.
“Para mí el periodismo es una forma de la literatura, pero el limite está en el invento. La crónica puede aplicar todos los elementos narrativos de la literatura de ficción, pero el límite es el invento”.
“Inventar quiere decir inventar un personaje que no existe o decir que uno estuvo ahí si uno no estuvo. Nada justifica que uno diga yo fui a una guerra, digamos, si esa persona no estuvo ahí y quiere hacer creer al lector que estuvo ahí”.
Para Santiago la diferencia entre crónica y ficción, tiene que ver con lo que te diga un abogado, es decir, lo que un abogado diga marca los límites entre lo que no se puede inventar y lo que no se puede inventar por razones directas y legales.
Concentrado en escribir novelas, asegura que cada historia exige un tratamiento diferente:
“Lair Ribeiro dice que las buenas historias ficticias son las que parecen reales y las buenas historias reales son las que parecen ficticias, en la realidad hay historias fantasiosas a las que no es necesario meterles ficción, no la necesita, porque son tan extraordinarias que ya parecen de ficción”.
““La realidad me parece muy sexy”:Leila
“A mí la realidad me colma, me encanta, y me párese tan insólita, inabordable, y sexy que no necesito nada más que eso. Pero para contar esas historias reales, uno como periodista puede usar todo recursos de la literatura de ficción, desde la presentación de personajes a la creación de escenas”.
Pero además, cuando escribe una crónica, piensa en términos cinematográficos, porque además de la literatura de ficción se alimenta con el cine.
“Yo escribo una crónica como quien monta una película, veces necesito una pausa, un fundido a negro, una voz en off. Para alimentar una crónica todos los recursos del cine y de la literatura de ficción son validos, a mi no me aterra perder, perder es ganar, dos o tres párrafos generando un clima de tensión, para finalmente poner una línea de diálogo, es algo que en otro momento puede no decir nada, pero en ese contexto lo puede decir todo“.
Leila tiene un pacto con el lector: La historia que cuenta es verídica:
“Cuando el lector lee una historia real, asume que es una historia real, que los hechos pasaron. Hay concepto como la belleza, la pobreza, el olor que son diferentes para cada quien. Un adjetivo no es inventar, el límite es que la cosa haya sucedido“
“El pacto de lectura con un lector consiste en que si se le presentó una historia como real, historia debe ser real. No es lo mismo inventarse un dictador, que saber que ese dictador es un tipo real. Creo en la potencia que tiene por sí una historia real, no digo que una de ficción no la tenga, pero si digo que la historia real tiene un tipo de potencia diferente.
“A veces hay historias tan impresionantes que meterle ficción sería estropearlas, nunca he tenido la tentación ni de mezclar los géneros, ni de resolverme por la ficción”.
Y confiesa que nunca ha sentido las ganas de dar el salto e ir a la ficción:
“Si lo quisiera hacer ya lo hubiera hecho. Yo nunca vi el periodismo de primer escalón para tener la excusa de que en un buen momento presentar un libro. No tengo la menor gana. Yo me caracterizo por estar en el lugar correcto, en el momento justo“.
“Estoy dispuesto a meterme en líos si tengo libertad creativa: Santiago.
Cuando Santiago escribe, su único límite es que no le vayan a meter un balazo, por lo demás, se define un sicario, capaz de exagerar y radicalizar una historia, sin mayor remordimiento.
“Yo hago novelas con cosas de mi vida y las exagero y las radicalizo. Si fui empleado en una dependencia de gobierno, por espacio de un año, digo que fueron seis lo convierto en un triller político, con un asesino en serie; y si voy a Japón hago novela”. “Cuando yo escribo historias reales, soy un sicario, trabajo por encargo, si alguien quiere una historia yo se la hago. Y si digo que soy un sicario es porque a mí me contratan cuando hay lío, y porque saben que estoy dispuesto a meterme en lío si a cambio tengo hay total libertad creativa“.
No repara en nada. Optó por no ponerse barreras. Si necesita exagerar los hechos, lo hace, si quiere poner más drama, lo siembra, si necesita meterse en la historia, se incluye.
“En las crónicas sobre Abimael Guzmán me metí un poco de personaje. Mi historia servía, es mi guerra, yo era un niño cuando esto pasó, así que me pareció honesto, en un tema político, decir este soy yo, aquí crecí, así que esta es mi historia vayan calculando lo que va a pasar“.
Para Santiago, lo único que necesita para meterse en el texto, es que la historia lo requiera, que su presencia se justifique. Por lo demás, no le da vergüenza “la forma impúdica en que una novela hablan de mi, sin que el lector se dé cuenta”.
Sin embargo, todo el desenfreno que invierte en el desarrollo de la historia, no logra atravesar la rigurosidad del uso de la lengua. Es en la selección de las palabras donde el escritor se pone quisquilloso.
“Hay que ser muy cuidadoso en el uso de las palabras, porque en una políticamente sensible, las palabras elegidas marca lo que uno piensas. Si los llamas terroristas piensas una cosa, si los llamas guerrilleros piensas otra.
Recordó que cuando escribía Sendero Luminoso, los miembros de este grupo no pensaban en que mataran gente, sino en aniquilamientos selectivos; mientras los militares pensaban que hacía ejecuciones extrajudiciales.
“Y hay una cosa que es cierta, ahí estaban matando. De modo que mi principal preocupación fue cómo escribir esta historia con las palabras adecuadas, de una forma tal que no me fueran a meter un balazo“.
Hora de cierre
Leila, periodismo; Santiago, la novela. Guerriero, la verdad; Roncaigliolo, la ficción. Ella, un pacto con la realidad; él una complicidad con la imaginación. Dos escritores cuyo punto en común es que los dos fueron los “nerd” de su clase y que a los dos, los mueve la pasión por contar la historia.
Bajo la conducción de Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Nuevo Periodismo, discutieron sobre la crónica, su forma de trabajar y el deber ser de este género periodístico.
Antes de partir, pusieron los sueños en la mesa: Leila Guerreiro quiere espera que un día, el trabajo del periodista sea tan bueno, que los escritores volteen a ver cómo escriben los periodistas; y Santiago Rocaigolo, quiere escribir un texto de tal excelencia, que pueda ser leído en diferentes países con la misma lengua, a pesar de las distintas formas de leer y los regionalismos del lenguaje.

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