Entre abandonadas y viajeras

-Las esposas de hombres migrantes, residentes en sus lugares de origen, padecen el chantaje emocional, la restricción de sus derechos y una espiral de sumisiones.
-Las esposas de hombres migrantes que deciden irse con ellos reivindican sus derechos y exigen a sus maridos la repartición equilibrada de las obligaciones domésticas.

POR EIRINET GÓMEZ
Las mujeres veracruzanas son abandonadas en pos del sueño Americano. En depósito con la familia política, viven una serie de abusos, privaciones y chantaje emocional, que restringe sus derechos y las sumerge en una espiral de humillaciones.
La antropóloga e investigadora en temas de equidad y género de la Universidad Veracruzana, Estela Casados González, dijo que si bien —en casos extraordinarios—, las mujeres rompen la inercia, para la mayoría es una cadena perpetua sin tregua ni amparo.
Según los datos del INEGI, Veracruz es el sexto foco expulsor de migrantes más fuerte en todo el país, después de Durango, Zacatecas, Guanajuato, San Luis Potosí y Nayarit.
El flujo es tan grande que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) asegura que hay un millón de veracruzanos residentes en los estados del sur de Estados Unidos.
Sin embargo, más allá de las remesas y algunos beneficios materiales que la migración representa, también incluye un alto costo social, que en primera instancia han de resentir las mujeres.
Cuando el hombre se va, se cree que las mujeres asumen la jefatura de la familia, se organizan y participan en los espacios locales de poder. Sin embargo, no es así, sin “la protección” del marido, quedan maniatadas a la voluntad de la familia política.
Bajo el yugo familias…
Ahora, las mujeres deberán salir de casa y realizar el trabajo de su marido en el campo, regresar a casa y cumplir con sus obligaciones domésticas, hacer favores o mandados a la familia política, y padecer sus restricciones.
“La migración de los hombres no detona y no provoca la organización de las mujeres”, dijo Casados González, quien por el contrario, advirtió que tras la partida del hombre, las mujeres rurales experimentan la doble jornada, la sumisión ante los suegros, el cuñado, y la discriminación en las reuniones ejidales.
Cuando las mujeres se quedan al frente de la parcela, lo que obtienen es una jornada laboral más pesada: deben salir de casa a sembrar, fumigar y limpiar el terreno, y luego, regresar a casa a hacer las tareas acostumbradas.
Sin embargo, cuando asisten a una reunión ejidal, ellas no tienen capacidad de decisión. Cuando hay que votar sobre cooperaciones, distribución de alguna ganancia, o la compra de fumigantes, la decisión la encabeza el suegro o el cuñado.
Pero eso no es todo, el dinero que el esposo gana en Estados Unidos no llega directamente a las manos de ella. En su representación, la recibe la suegra, el suegro, el cuñado, dando lugar al condicionamiento y el chantaje en la entrega del dinero.
“La familia ejerce una extrema vigilancia sobre la mujer. Cuestiona todo lo que hace: horarios de salida, de regreso, con quien platica, con quien se saluda, si obedece a sus suegros o no, etc. Y en relación a eso, la familia política decide si recibe, o no las remesas”.
Cuando la mujer se va…
Algunas mujeres logran convencer a sus maridos de que las lleven con ellos a Estados Unidos, bajo la consigna divina de que “la mujer debe estar donde está su marido”.
Juntos, habrán de pasar los trámites frente al Coyote, caminar por el desierto varios días, instalarse en una casa de hospedes clandestina, y el jornal comenzar todos los días.
En una dinámica de trabajo donde los dos alquilan la mano de obra, padecen las mismas humillaciones, y están sometidos a una dinámica laboral de esclavos, poco a poco, las relaciones de pareja cambian.
La investigadora Patricia Arias en su trabajo “El Retorno Femenino en la región histórica de la Migración”, destaca que en la relación de pareja, la mujer experimenta un proceso de reivindicación.
“En Estados Unidos los hombres ayudan en algunas actividades, recogen a los niños de la escuela, ayudan a lavar la ropa, limpian la cocina, ayudan a tender la cama, etc”.
La carga de trabajo entre hombre y mujer se equilibra y van al 50 por ciento en las obligaciones domésticas, y en el ingreso familiar. Una situación que la mujer observa y valora.
Sin embargo, cuando regresan al pueblo, los hombres dejan de ayudar en las tareas de la casa, para no ser cuestionados por la comunidad, que crítica a los hombres que apoyan en los trabajos “de la mujer”.
Una situación que ha dado lugar a rupturas matrimoniales, temporales o definitivas, debido a que las mujeres que han pasado por un proceso de reivindicación, mientras la comunidad de su entorno insiste en continuar con la práctica de viejos postulados patriarcales.
En estos dos escenarios del fenómeno migratorio, entre esposas abandonadas por hombres que emigran solos a Estados Unidos y mujeres que viajan con ellos, la relación de pareja y la convivencia familiar se pone en jaque.
Y aunque la investigadora Patricia Arias y la investigadora Casados González estudian los aspectos diferentes del mismo problema, ambas coinciden en que las sociedades deben tomar conciencia de estos procesos y buscar acuerdos que permitan relaciones más equilibras que eviten las rupturas sociales y permitan vínculos sentimentales más fuertes.

Las esposas de hombres migrantes, residentes en sus lugares de origen, padecen el chantaje emocional, la restricción de sus derechos y una espiral de sumisiones.(Foto: Sergio Hernández)

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