La pobreza, un bache que no se llena con cemento.
14 feb 2012 Dejar un comentario
San Miguel Chinela, La Perla.(AVC/Eirinet Gómez).- El caso de María Cecilia Martínez Chávez, una mujer de 55 años, advierte que no basta pavimentar los caminos para llevar el progreso a las zonas marginadas del estado. El cemento no se come, no cubre del frío y no regresa a los que se fueron.
Hace veinte años, llegar a esta comunidad habría costado el triple de tiempo; el recorrido se habría sido por sobre un camino terroso e inestable; y cualquier paso en falso llevaría a las personas hasta el precipicio.
En la actualidad, a San Miguel Chinela -una de las comunidades más pobres del municipio de La Perla- se llega por un camino estrecho pero asfaltado, con algunas huellas de derrumbes, donde se debe tomar precauciones, pero en definitiva, más cómodo que hace dos décadas.
En un lugar como este, el GPS marca 3 mil 207 metros sobre el nivel del mar, pero uno puede saberlo a simple vista porque las nubes no están por encima de la cabeza sino a la altura de los pies. Aquí, el termómetro marca los 8 grados centígrados, con una humedad que da una sensación térmica de seis grados.
Con este frío, una persona –acostumbrada a vivir a los mil 500 metros sobre el nivel del mar, el nivel de ciudad de Xalapa- necesitaría una playera, un suéter, una sudadera, y una chamarra con forro térmico, guantes y gorro para sentirse cómodo.
Sin embargo, la vestimenta de Cecilia Martínez, esposa del juez de manzana de esta localidad, consiste en un vestido floreado de tela, dos suéteres delgados y un mandil, para no ensuciarse mientras barre su cocina, lava los trastes, atiende a sus animales de traspatio y cocina.
En condiciones como esta, lo mejor que puede hacer para protegerse de las inclemencias del tiempo, es resguardarse en su cocina, una choza de madera y cartón construida a un costado de una casa de material, que en un rincón del piso tiene un fogón, como sistema de calefacción.
Sentada en un banco de madera, pegadita al anafre, mientras guisa un puño de arroz, Cecilia Martínez hace la cuenta y dice que tiene una semana granizando en las noches, y que en los últimos dos días, después del granizo también neva.
“A noche la verdad yo sentí que me iba a tullir de frío. Pa ` arriba nevó, y no bajó hasta aquí, pero cuando baja mire, hasta aquí (y señala con la mano una altura de 30 centímetros) bien grueso de nevada. Graniza y neva. Primero se viene un granizadón y lueguito viene nada más la nevada. Viera usted que la nieve es como ver muchos papelitos volando. Ayer amanecieron los cerritos bien gruesos de nevada, blanco todo eso”.
Cecilia Martínez se casó a los 16 años y medio. Tuvo 18 hijos, de los cuales le sobreviven siete, tres hombres y cuatro mujeres. Ahora, todos casados, y dos en Estados Unidos.
La casa de cemento, a un lado de su cocina no es de ella, explica, sino de su hijo el menor, que a los 14 años le entró la cosquillita de irse a Estados Unidos, y probar suerte.
El muchacho que se marchó, cuando era adolescente, ahora tiene 24 años. Hace cuatro meses se comunicó con Cecilia, y en esa llamada se dio por enterado de que, en la última granizada, se cayó el techo de cartón de la casa de sus papás. Entonces, decidió prestarles un cuarto de su casa de cemento, bajo la condición de que sí la migra lo agarra, y tiene que regresar al pueblo, entonces ella y su esposo deben salirse.
En el pueblo de San Miguel Chinela, como en las comunidades de La Yerba Buena, Tuzantla, Al Tecojote, La Cruz de Chocamán, y Xometla, de las faldas del Pico de Orizaba, la gente sólo tiene una forma de ganarse la vida: sembrar papa. Cecilia Martínez recuerda que cuando su hijo se fue es porque ya estaba en edad de trabajar y no conseguía nada donde emplearse.
“Fíjese usted que a los hombres no los ocupan. Aquí no hay nada de trabajo. De qué sirve que ellos sepan trabajar, puedan trabajar, les guste trabajar, sino hay trabajo. Una que otra vez los llegan a invitar y les pagan 100 pesos el día, pero un día o dos, y nada más. El resto de la semana no hay que hacer”.
Sembrar los terrenos propios, a veces, es un esfuerzo en vano. No importa cuánto abono se le pongan al plantío ni la calidad de las semillas. Hectáreas completas se vuelven nada cuando la nevada sorprende al cultivo en pleno crecimiento.
“Mi esposo trabaja para sembrar unas papitas, pero cuando la planta está creciendo cae el agua nieve, y el hielo hace que la papa se quede chiquita. Cuando ellos van y revisan su terrenito ya nada más sacan la semilla. Él siembra como siete tareas y solo saca las semillas para volver a sembrar, ya no sacamos papa para vender, nomás la guardamos y la comemos”.
Cuando Cecilia Martínez habla de este aspecto de su vida en la montaña, advierte que el puño de arroz que cocina, ya está suficientemente frito, y entonces, le vierte una salsa de tomate, le pone una pizca de sal, lo deja freir un rato, y luego le pone una taza de agua hervida, para que termine de coserse.
El puño de arroz que cocina proviene de una bolsa de plástico que está dentro de una cazuela, colgada de una de las paredes de su cocina. Dentro de ese recipiente hay otras bolsas con un poco de café y otra con otra sopa de pasta. Todos los alimentos que tiene ahí, venían en una despensa que le regalaron a Cecilia hace un mes, y que ella ha hecho rendir hasta ahora.
Será porque ya queda muy poco alimento, que anoche, mientras veía las noticias –en una televisión que fue el único regalo de su hijo en Estados Unidos, antes de que formar su propia familia en aquél país- que se preguntó si pronto alguien vendría a regalarles unas despensas.
“Anoche vi en las noticias que están dando ayuda: cobijas, dispensas, y digo, ¿ aquí no nos traerán unas dispensas o unas cobijas?. Mi esposo me dijo que no, que esa gente solo le están dando a esas personas donde no llueve y donde sufren de comer (el caso de los Tarahumaras). Entonces yo le dije que a lo mejor también iban a venir para acá, ¿A poco nosotros no estamos igual? , le dije. Y entonces, el me dice ¿Tú crees que nos van a venir a dar algo? Y le digo, si, ya han venido, a lo mejor otra vez van a venir”.
Cuando a Cecilia se le plantea que ellos no están igual que los Tarahumaras porque el clima de Veracruz es diferente, Cecilia admite que ellos no sufren por falta de agua, pero afirma que están igual que los raramuris, porque a ellos el frío, las granizadas y las nevadas están a punto de dejarlos sin comer.
Si a Cecilia se le insiste en que las condiciones no son las mismas que en la sierra Tarahumara, porque a San Miguel Chilena se llega en menos de 40 minutos desde la ciudad más próxima, por un camino pavimentado. Cecilia da a entender que eso no importa, porque ningún habitante baja a Orizaba y ningún Orizabeño sube, de tal forma que están igual de lejos que hace dos décadas.
Y si se le insiste por tercera vez en que las condiciones de los raramuris y la de ellos no es igual, porque en Veracruz están bajo la protección de Sedesol, entonces contesta que lo mejor de Sedesol son esos letreros de cemento que ha puesto a la entrada de cada pueblo.
Lejos de molestarse sobre las interpelaciones, María Cecilia Martínez Chávez dice que mucha gente se deja engañar por las apariencias, y creen que están mejor cuando tienen un piso firme, una carretera asfaltada o ven casas de material.
Así les pasa hasta a sus propias vecinas, que cuando vienen a darles despensas, acusan a doña Cecilia, y les dicen que a ella no le den, porque tiene una casa grande de cemento.
“Lo que esa gente no se da cuenta es que esta no es mi casa, es de mi hijo, y yo no puedo usarla. Nosotros aquí vivimos trabajosos. Todos seguimos viviendo trabajosos porque seguimos siendo pobres, no tenemos trabajo, y nuestras papas se mueren con la nieve”.
María Cecilia ha terminado de cocinar su cazuela de arroz y la ofrece. No hay tortillas, no hay frijoles, no hay un pedazo de carne en el plato. Hoy, comerá arroz a puños, ayer fue una sopa de fideo sin pollo.